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“La necesidad de inclinarse ante la majestad de su presencia.”
Cuando nuestros rostros se alzan hacia la Gloria de Dios, pronto nos encontraremos, paradójicamente, con el rostro hacia abajo, postrados en adoración. Adorar postrados es la señal externa más significativa de una reverencia interior. Cada posición en la adoración nos dice algo tanto del adorador como del que es glorificado.
El levantamiento de manos nos dice que hay un alma que se extiende en alabanza, y también nos indica la dignidad del exaltado. La danza gozosa interpreta un corazón agradecido y apunta a la fuente de esa alegría. Cuando se trata de expresar nuestra adoración, lo que hacemos en lo externo es una clara señal que refleja lo que pasa adentro.
De lo que desborda del corazón hablamos y cantamos, danzamos y nos inclinamos. Dios revela y nosotros respondemos. Dios brilla y nosotros reflejamos. Exactamente del mismo modo, la adoración postrada es el resultado de un corazón humilde y sorprendido por la gloria de Dios.
La adoración postrada siempre comienza como una posición del corazón más que del cuerpo. Una persona está tan desesperada por subir el nivel de la presencia de Cristo en su vida, que se encuentra a sí misma bajando hasta tocar el suelo en un acto de reverente sumisión.
El alma está de tal manera cautivada por el Todopoderoso, que inclinarse en una total y completa rendición parece ser la única respuesta apropiada. En varias ocasiones la Biblia nos da una visión del cielo abierto; son ventanas de revelación a través de las cuales descubrimos como es la adoración en el trono celestial. YL es una adoración continua la que se lleva a cabo allí.
En Apocalípsis 1, Juan tiene un encuentro con el Jesús resucitado y exaltado, cuyos ojos arden como fuego y cuyo rostro brilla como el sol en todo su resplandor. Sobrecogido en extremo, cae en tierra en reverencia y temor. Unos capítulos más adelante, los ancianos también se postran en santa devoción . Si avanzamos en este viaje celestial rebosante de adoración, encontramos más adoradores postrados: “Y todos los ángeles estaban en pie alrededor del trono, y de los ancianos y de los cuatro seres vivientes, y se postraron sobre sus rostros delante del trono, y adoraron a Dios” (Apoc. 7:11)
El libro de Ezequiel nos introduce en otra visión de un cielo abierto, y encontramos más de lo mismo. El profeta observa la “apariencia de la semejanza de la gloria de Jehová”. Solo puede haber una reacción : “Y cuando yo la ví, me postré sobre mi rostro” (Ezequiel 1:28). La reacción de su alma fue reverencia y sumisión. Al alzar su rostro hacia la gloria de Dios, pronto se encontró postrado con su rostro en tierra, en asombro y temor. Daniel nos da otro ejemplo en el Antiguo Testamento de esta clase de escena celestial. El ve una visión del Dios Todopoderoso, cuyo rostro brilla como relámpagos, y cuyos ojos arden como antorchas de fuego. Daniel como adorador nos dice: “Cuando habló conmigo estas palabras, volví mi rostro en tierra y enmudecí” (Daniel 10:15).
¡En estos ejemplos del trono celestial encontramos tantos indicios de la forma en que deberían ser nuestras reuniones de adoración¡ Cada vez que nos reunimos, no vamos simplemente a la iglesia; vamos a presentarnos ante el mismo trono de Dios. Perder de vista esto es perder de vista la majestad en la adoración. Todo reino tiene un rey, y todo rey tiene un trono. Y el reino de Dios no es la excepción. El es el Rey sobre todo rey y tiene un trono sobre todo trono. No hay lugar de autoridad, poder, y esplendor más elevado en toda la tierra. Los ancianos se inclinan allí, los ángeles lo rodean, y todo el ejército de los cielos está alrededor de El (Ver 1ª de Reyes 22:19). Cuando venimos a adorar, venimos a un trono (…) y todo lo demás toma lugar alrededor del trono.
Un día, una multitud incontable, de toda nación, tribu, pueblo y lengua, se reunirá allí (Apoc. 7:9). Un día todos estaremos postrados en adoración ante Jesús. Toda rodilla voluntaria o involuntariamente se doblará en humildad, todo poder y autoridad artificial será forzado a tierra, así como el ídolo Dagón de los filisteos.
Las lenguas rebeldes no serán meramente silenciadas, sino que confesarán con diligencia que Jesucristo es el Señor, para la gloria de dios el Padre. Será imposible permanecer de pie en aquel día.
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