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La Biblia señala los verdaderos enemigos del género humano: el mundo, la carne y el diablo.
Todos estos son el resultado del pecado. El pecado es actuar independiente y en rebelión en contra de Dios y su Palabra.
En Isaías 14: 12-13 se nos presenta un cuadro de la rebelión de Satanás contra Dios. El trató de exaltarse a sí mismo por encima de Dios. Dios respondió echándole del cielo.
En Génesis 3, Satanás incitó a adán y Eva hacia el pecado por medio de desobedecer el mandato de Dios respecto al árbol del bien y del mal. Por haber escogido comer del fruto prohibido, ellos se exaltaron a sí mismos por encima de la Palabra de Dios. El resultado fue que la raza humana recibió una naturaleza de pecado, y Satanás vino a ser la autoridad legal sobre el mundo presente (Ef. 2:2)
A través del plan de Dios de la redención, al género humano se le ofrece perdón y libertad del efecto del pecado. En el Calvario, Jesús rompió el poder del pecado y de Satanás. El que nunca cometió pecado se hizo pecado y murió en nuestro lugar para satisfacer los requerimientos legales de Dios quien demanda que el pecado sea castigado. (2ª de Cor. 5:21; Col. 2:14)
Por medio de este sacrificio, él quebró el poder de Satanás sobre nuestras vidas (1ª. de Juan 3:8). Al vivir bajo la gracia, como hijos de dios, el pecado no tiene dominio sobre nosotros (Juan 1;12; Rom. 6:14)
LA RAIZ DEL PECADO
La raíz del pecado se encuentra en las elecciones que hacemos. El pecado entró en el universo y en este mundo a través de elecciones que se hicieron. Nosotros, de igual manera, enfrentamos similares elecciones en nuestras vidas. Nosotros escogemos ya sea vivir de acuerdo a nuestros sentimientos o deseos, o escogemos una vida de obediencia a la Palabra de Dios.
La primera elección representa una vida pecaminosa basada en el egoísmo. La otra es una vida recta centrada en Dios. La primera elección resulta en una inmediata pero temporal satisfacción de deseos carnales que inevitablemente conducen al deterioro moral y espiritual. La segunda elección conduce al gozo y libertad dentro del orden de Dios, armonía e integración personal.
La primera produce una conformación al mundo, la carne y el diablo. La otra produce una conformación a la persona y carácter de Jesucristo.
Esta clase de elección le fue dada a Adan y Eva. Ellos vivían en un estado de pureza, armonía e inocencia con sólo un mandato que obedecer a fin de mantener esta condición.
Satanás tentó a Eva con el deseo de la carne, el deseo de los ojos, y la vanagloria de la vida (Gen. 3:6) Tanto Adán como Eva decidieron responder a sus propios deseos egoístas en vez de al mandamiento de Dios.
Sus ojos fueron “abiertos” (v.7) al mal y a la independencia, y fueron conducidos bajo el dominio del pecado.
EL RESULTADO DEL PECADO
Separación de Dios
A.- Ruptura en el compañerismo – En Génesis 3:9 el Señor llama a Adán diciendo: “¿Dónde estás tú?” Adán, a causa de su pecado, estaba escondido, aislado del compañerismo con Dios.
El pecado siempre rompe nuestro compañerismo con Dios. Cualquier rechazo de la Palabra de Dios es un entronamiento de nosotros mismos. Por medio de escoger pecar, fortalecemos nuestra auto-confianza y menoscabamos nuestra experiencia con la presencia de Dios. Dios no puede ignorar el pecado. El habló a Israel en Isaías 59:2 diciendo: “vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados han hecho ocultar de vosotros su rostro”.
B.- El pecado trae juicio – Jesús dijo: “El que me rechaza, y no recibe mis palabras, tiene quien le juzgue” (Juan 12:48) Rechazar la Palabra de Dios es en última instancia rechazar a Dios mismo. Nosotros podemos elegir ya sea juzgar la Palabra de Dios, o permitir que la Palabra de Dios nos juzgue a nosotros.
El pecado de Adán y Eva dio como resultado culpa (Gen. 3:8), problemas sobre los hijos (Gen. 3:8), una maldición sobre toda la creación (Rom. 8:22), la naturaleza caída del pecado (Ef. 2:3), y la expulsión del Edén (Gen. 3.23)
El juicio de Dios sólo puede ser aplicado a través del perdón ofrecido en el recto sacrificio de Jesús en el Calvario.
Desarmonía personal
El pecado también produce una desarmonía en nuestras vidas personales. Vemos esto manifestarse inmediatamente en las reacciones de Adán y Eva después de la caída.
A.- Culpa – “ Y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia de Jehová Dios” (Gen. 3:8)
Cuando sabemos que hemos pecado en contra de Dios, siempre experimentamos culpa. Nuestra conciencia nos ha sido dada como un registro interno de la “voz moral” de Dios. La culpa debe ser manejada correctamente o de lo contrario continuará supurando dentro de nosotros, trayendo desarmonía a nuestra experiencia personal.
B.- Temor – “ Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo” (Gen. 3:10) La culpa produce temor. Adán fracasó en actuar correctamente con su culpa y temor. En lugar de arrepentirse, se escondió de Dios.
Una de las tácticas más engañosas de Satanás es traer condenación a nosotros durante tiempos de culpa, causando que nos escondamos de Dios en vez de arrepentirnos. (Hebreos 4:16) “acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro”.
C.- Confusión – “...tuve miedo, porque estaba desnudo” (Gen. 3:10) El pecado puede incluso confundirnos en cuanto a qué es pecado. Con frecuencia, el pecado real en nuestras vidas permanece oculto incluso a nosotros debajo de enormes montones de racionalización y auto-justificación. Las excusas vienen a ser como las hojas de parra que usó Adán para cubrir su desnudez.
Problemas con otros
El pecado nos acarrea problemas con otros en tres áreas comunes.
A.- Transferimos la culpa – “La mujer que me diste por compañera me dio del árbol” (Ge. 3:12) Para evitar responsabilidad personal por nuestro pecado, rápidamente señalamos con el dedo en otra dirección. En este caso, Adán culpó tanto a Dios como a Eva. Dios desea una confesión, no una acusación. Si no podemos culpar totalmente a otro, nuestra tendencia es al menos hacerlo parcialmente a fin de disminuir nuestra responsabilidad.
B.- Amargura y resentimiento – El pecado con frecuencia resulta en un resentimiento oculto en contra de otros. Debe tratarse ese problema con prontitud, o problemas con otros sólo se empeorarán. (Mat. 18:15; Ef. 4:32)
C.- Chisme y calumnia – “El que encubre el odio es de labios mentirosos; y el que propaga calumnia es necio” (Prov. 10:18). Una de las formas en que el pecado combina su destructividad es por medio de camuflar la amargura a través de ciertas pero dañinas declaraciones que nosotros podemos hacer de otros. Si no se trata con la amargura, el chisme y la calumnia son los resultados. También se nos dice que si una raíz de amargura se establece en nuestras vidas “muchos serán contaminados” (Heb. 12:15) tanto el chisme como la calumnia son un veneno que destruye a los miembros cuerpo de Cristo.
Si queremos ser sanados tenemos que ser honestos y transparentes al reconocer nuestro pecado, pedir perdón al Señor y a las personas que hemos ofendido o dañado, y restaurar a aquellos a quienes hemos defraudado alguna cosa (Salmo 51:4, 1ª de Juan 1:9, Mateo 5:24) Debemos hacer un compromiso con Dios para cambiar (Efesios 4:22) Todo cambio genuino debe comenzar en el corazón. (Efesios 4:24) No podemos establecer nuevos hábitos sin quitar los viejos.
TRES AGENTES DE CAMBIO
El poder de la verdad (Heb 4:12)La Palabra de Dios debe ser la fuente de consejería
La persona del Espíritu Santo (Juan 14: 16, 17)
El poder de la oración (Santiago 5:16)
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